A ti, estrella fulgurante en la oscuridad de mis noches, solo te bastó un gesto, con la suavidad de tus manos resucitaste el alma de este ser abatido, y me has rescatado de donde la muerte había formado su resistencia.
Quisiera plasmar lo inefable de tu ser, pero temo quedarme corto ante el prodigio de tu mirada, ante el milagro de tu aliento.
Tú, dulce musa, que al acercarte, te convertiste en el faro que dio luz a mi senda oscura. Tú, niña de los ojos profundos, eran tus latidos los que resucitaban mi existencia, como quien contempla el renacer de una flor que se creía extinta bajo el peso de la nieve.
Tú, delicada presencia, quebraste las sombras que me consumían, eres, sin duda, la más grande salvadora. Y es así, pues quien salva una vida, como bien se dice, salva al mundo entero, y tú, amada mía, has renovado el universo entero.
Tu nombre será el eco de mis pensamientos, y ahora, bajo el peso de la gratitud infinita, te entrego mi alma; trasciende en el tiempo, desafía a la muerte y canta conmigo la danza del amor eterno.
A ti, con devoción eterna, y este amor más allá de lo comprensible, te abrazo en estas palabras que no te alcanzan, pero son todo lo que soy, y soy, quien jamás olvidará el milagro de tu presencia.