El artificio de la imagen:
En la era de la inmediatez, donde la imagen se diluye en la luz de una pantalla, se alza como un espectro desposeído de alma, ese engendro que algunos se atreven a llamar "poesía".
Esas palabras recitadas sin eco, ajadas de verso y de vibrato, son como pétalos marchitos de un jardín que jamás floreció. No existe en ellas la profunda sinfonía de las metáforas que danzan en las sombras del pensamiento, ni el ardor sutil de las analogías que, al igual que flechas, buscan el corazón del misterio humano. La poesía, esa vieja amante de la existencia, reclama en cada línea la conjunción de la melancolía y el éxtasis, y no el artilugio vacío de frases que se venden como imágenes sin el peso del alma.
¿Cuándo fue que la palabra se despojó de su poder sagrado, convertido en simple adorno, en un accesorio digital?
El lenguaje poético, con su simetría visceral, su cadencia rotunda y su profundidad insondable, ha sido sustituido por sentencias planas que carecen de esa chispa que hace arder el universo interno. Frases sin verso, eslóganes de agridulce mediocridad, se deslizan sobre el abismo de lo banal, no porque el autor no sienta, sino porque no se atreve a sentir con la complejidad del alma.
Los poetas saben que la verdadera poesía es tormenta y calma, pero estos engrendros de palabras errantes se limitan a ser solo ecos, como el repique de una campana que no reverbera, que no perfora la atmósfera. Pocas veces se asoman a las profundidades del lenguaje.
¡Quien proclama tener poesía en la palma de su mano debe saber que la poesía no reside en la mera combinación de letras, sino en el incendio interior que arde en cada sílaba!
¿Qué belleza puede emanar de frases vacías que solo buscan, como la polilla a la luz, la validación de los ojos ajenos, sin atreverse a trascender el abismo de lo inmediato?
La verdadera poesía exige sacrificio, exige sumergirse en las aguas turbias del pensamiento y emerger con la perla salvaje de un verso intacto. Pero estas imágenes pretenden capturar lo inabarcable, lo inefable, en un retazo fugaz, sin saber que la poesía no cabe en un marco ni se ajusta a una pantalla.
