Fragmentos en la tempestad

En este vasto océano de silencio, donde las olas susurran mi pesar, es el alma vestida de invierno la que aún guarda las huellas de tu paso. 

Es enero, y los fuertes vientos gimen al oído como viejos lamentos. Sobre las velas, es tu ausencia la que parece camuflarse con la niebla.

Desde la orilla de estas playas, veo al horizonte fracturarse mientras el mar y el cielo se entrelazan en su beso nocturno. Y es allí, en la distancia, donde tus señales flotan; el faro titila y las ilumina de forma irremediable.

Los vientos de este mar bravío te han alejado hasta otras orillas, y no importa cuán lejos navegue el deseo. La rabia de tu sombra correrá por mis venas, y en su carrera me ha dejado en el último puesto, derrotado y vacío, como aquel último abrazo que nos dimos.

Mi sonrisa, aunque quebrada, se aferra al recuerdo. En cada suspiro, tu nombre se disfraza de viento, y me pierdo en las noches infinitas sin consuelo, buscando en el mar una señal que me devuelva la paz y se lleve el desvelo.

La tripulación de esta embarcación es mi única constante. Me entrelazan en sus brazos mientras la desesperación me consume, pues he gritado tu ausencia con el alma desnuda. Mis hermanos, atrapados en su propio dolor, respiran entre susurros de impotencia.

El aire se hace denso, pero sigo de pie, firme ante la tormenta que golpea sin tregua, arrastra y consume, pero no ha logrado doblegar mi fe.

Yo aprendí a renacer entre las sombras, a mantener la promesa de amarte, aun cuando el corazón se desangre. Y, aun cuando el grito se haga más fuerte, aunque duela más que ayer, sé que mi voz alcanzará a escucharse en tu playa.