Oda a la Pareidolia



En la solitaria oscuridad de mi alcoba, bajo la mirada sombría de un techo que parece conocer más secretos que el más antiguo de los cronistas, me encuentro, una vez más, frente a esa inmensa extensión de yeso cuyo destino no es otro que convertirse en el lienzo de mis delirios.  

Mis pensamientos se arrastran entre las grietas y fisuras. Es surrealista: una sombra difusa es una memoria olvidada. Cada imperfección de este techo, entonces...  

¿Qué carajos son estas rugosidades, sino los vestigios de un tiempo perdido, de un amor distante o de un dolor incomprendido que busca en vano trascender el efímero laberinto de lo tangible?  

Estos restos de pintura, ya marchitos, se deshacen bajo la indiferente mirada, como almas perdidas que vagan en la neblina, sin rumbo y sin propósito.  

La mente, prisionera de su propia ansiedad, no puede sino hallar en esos vestigios una figura, una forma, una presencia que se oculta entre las grietas, como la oscura sombra de un ser que algún día fue. Veo rostros desvanecidos, criaturas etéreas cuya esencia se disuelve en la niebla de la percepción. Son las huellas de lo ausente, las máscaras del olvido que danzan en el umbral de mi visión.  

Y mientras la realidad se deshace, como las sombras del atardecer que sucumben ante la marea de la noche, cierro los ojos y me hago invisible. Me disuelvo en la inmaterialidad del pensamiento. La mente, como un susurro errante en el vasto abismo de lo inconsciente, se fusiona con las imperfecciones de mi techo. Cada grieta, cada irregularidad, es ahora un eco, una huella fugaz que se pierde ante la llegada de la oscuridad.  

Este techo, cruel espejo de mi alma, ya no es el mismo. Sus contornos se desdibujan y se alargan hasta perderse en un espacio más allá de la comprensión. He cruzado el umbral de la lógica y, en su lugar, me encuentro en una suerte de limbo donde lo real y lo imaginado se funden en una danza macabra. Mi techo se convierte en el alma misma de la percepción, en la manifestación de mis más oscuros pensamientos. Es en sus pliegues donde se esconde la esencia de mis miedos y de mis más profundos deseos.  

Mientras mi ser se deshace y mi forma se desvanece, el techo sobre mi cama se convierte en una extensión de mi alma despojada, en una metáfora de lo irreal, en un laberinto de sombras y recuerdos. Rostros que se disuelven, formas que nacen y mueren en un eterno ciclo. Es ahí donde se erigen como la última manifestación de lo que soy: una figura incierta, cuya existencia está escrita entre las grietas y sombras, más allá de la comprensión de la luz.