A veces, el mundo no se mueve.
Empujás, gritás, esperás... y nada.
Todo sigue igual.
Te das cuenta de que no es como un videojuego: no hay botón de pausa. No es como un edificio: no hay salidas de emergencia.
Es la vida misma.
Y no hay forma de cambiar lo que es.
Entonces, queda una sola opción:
Mirar de frente, desarmarte los miedos y reconfigurarte.
Porque la vida no se adapta a vos. Vos podés adaptarte a la vida. No por rendición, sino por revolución íntima.
Al final, ahí afuera todo sigue igual.
Pero adentro, algo nuevo nace.