La vi desnuda y vistiéndose. Enojada, cansada, con hambre, sin dormir. La vi estresada, feliz, llorando, celosa. La vi en sus días buenos y en sus noches rotas. Brillando y rompiéndose en silencio.
No llegó con promesas ni advertencias. Simplemente apareció. Como si la vida, en un acto de generosidad sin motivo, me la hubiese puesto enfrente. A veces pienso que fue un accidente. O un regalo que jamás terminé por merecer.
Era tantas cosas al mismo tiempo. ¿Inestable? Sí, a ratos.
Reaccionaba extraño ante lo que no podía controlar, como si quedarse quieta fuera más peligroso que huir. Tenía ese carácter fuerte que podía encender una discusión por cualquier detalle y luego quedarse en silencio durante días. Pero también era capaz de reír con el alma, de acariciar con honestidad, de mirar como si pudiera leerte por dentro. Una mirada que decía “te entiendo”, sin decir una palabra.
Me enseñó más con su caos que mucha gente con su calma.
Me mostró partes de mí que no conocía, y me dejó entrar en las suyas, aunque no siempre estuvieran en orden. No era perfecta. Y nunca necesitó serlo. Tenía impulsos que no siempre dominaba, dudas que la alejaban de todo, incluso de mí.
Pero era real.
A veces se iba, a veces se quedaba. Y un día, simplemente se fue. Sin gritos. Sin drama. Como quien entiende que es hora de irse y lo hace con la misma suavidad con la que llegó. No supe más de ella. No pregunté. Sí la busqué, lo admito. Pero nunca la volví a encontrar.
Han pasado los años. Más de los que me gustaría reconocer. Y no ha habido un solo día en que no piense en ella. No fue la mujer más fácil. Ni la más estable. Pero sí la más viva. La más humana. La que marcó mi historia.
No sé si piensa en mí. No sé si me recuerda con cariño, con rabia, o si me ha borrado por completo. Pero yo la llevo viva en mí. Como quien lleva una cicatriz: sin dolor en la piel, pero con dolor en la memoria.
No sé dónde está, ni si es feliz.
Solo sé que fue real. Y con eso bastará.