Textos desde prisión

Carta escrita por un perpetrador anónimo.


A ti, que ya no existes, que fuiste un sueño fugaz, un eco distante, siempre perdida entre las sombras de mi alma, te escribo hoy, ocho años después, con el corazón desbordado por un dolor que no me abandona, que me consume y me devora en las profundidades más oscuras de mi penitencia.


Hace tanto tiempo creí amarte, que mi amor era un río sereno que fluía hacia ti, pero, luego de nuestra última conversación y con el paso de los años, reconozco la verdad que se alza y que nunca pude ver en mi juventud ciega.


En mi mente errante, me refugié en la fantasía de que nuestro amor era puro, único y eterno, pero tú, alma inocente, sufrías en silencio, encadenada a un cuerpo que no comprendía la violencia que se ocultaba tras un "te quiero". Era yo, preso de mi propia ignorancia, quien te arrastraba a un abismo sin retorno, mientras me creía navegante de un mar de sentimientos.


No pretendo adornar esta carta con excusas ni justificaciones que apenas podrían engañar al más tonto de los jueces. El tiempo me ha mostrado que las mentiras no tienen cabida en mí, y que la verdad no es otra cosa que un ácido masticable que me ha dejado marcado al igual que el sello de mi condena.


Tú, mi dulce amor, te sentías rota, ahogada, y yo no supe ver la fractura de tu ser. En lugar de tocarte con delicadeza, te arranqué de la forma más cruel tu propia esencia. Lo que creí que era un abrazo, era un grillete; lo que vi como amor, era el rapto silencioso de tu voluntad.


Ocho años han pasado desde aquella última vez que creí estar abrazándote, pero solo te apretaba contra el frío de mi egocentrismo. Ocho años de silencio y penitencia, de noches sin descanso, donde mi alma se retuerce como un condenado en el infierno de su propia conciencia.


Y aunque haya quedado atrás, aunque tú ya no estés, aunque el tiempo haya borrado tus huellas de mi vida, yo sigo arrastrando la carga, esta culpa que perfora, que me hiere más que las cicatrices de la prisión donde mi cuerpo yace.


Me pregunto si en algún rincón de tu ser, guardas la imagen distorsionada de mi rostro, si alguna vez pensaste que yo, el que juro amarte, te iba a causar más daño del que el mundo es capaz de medir. ¿Cómo pudiste, pequeña, aún confiar en que este monstruo que te acechaba con promesas vacías te pudiera dar algo que no fuera dolor?


Hoy te escribo no para esperar redención ni perdón, porque sé que las heridas que causé son tan profundas que no hay modo de sanarlas. Te escribo, sí, porque ya no quiero ser prisionero de este error que he llevado como un yugo en el corazón. Quiero que la luz de las confesiones rompa las cadenas que aún atan a mi culpa; solo así podré descansar, aunque sea un instante, en la verdad que he ocultado: yo te lastimé, y con ello, me destrocé.


Hoy, ocho años después, aún te busco en las sombras de lo que nunca pudimos ser, y aunque no sé dónde estás, ni si alguna vez llegarás a leer esta carta, te ofrezco, aunque inútil, este grano de arrepentimiento, como un pequeño atisbo de la paz que jamás tendré.


Con eterno dolor, 

tu perpetrador de inocencia, 

el raptor de tu juventud, 

tu primer amor.